jueves, 2 de diciembre de 2010

Soledad

Alabados sean los dioses... por fin un buen día; llegas a clase, un ambiente increíble, en la hora de recreo estás junto a ella, y todo te parece perfecto, quedáis al salir, todo parece perfecto, pero ¡oh! empieza a llover, pero unas gotas no perturbarán tu día feliz, unas gotas no... Pero al instante empieza a diluviar, intentas pasar de ello, e intentar pensar que al menos estarás junto a ella, pero cuando las cosas se tuercen, se tuercen bien; Sales y la ves junto a otro, no pasa nada, es normal que tenga mas amigos, pero adiós a la oportunidad de ser sincero. Llega la hora, debes irte a la estación de autobuses, pero esta vez solo, tus compañeros al ver que estas tonto por esa niña, pasan de esperarte, así que te queda un largo recorrido... Comienzas a caminar, y recuerdas que tu MP4 no tiene batería, ahí te arrepientes de haber olvidado tu antiguo MP3, que con cambiarle las pilas estaba todo arreglado. Comienzas a bajar esa empinada cuesta, intentando clavar los pies para no caer contra el suelo, aunque tampoco harías un gran ridículo, dado que estás completamente solo. Sigues bajando, y lo único que oyes con las gotas de agua al chocar contra tu chaqueta de cuero, la cual al paso que va no te durará mucho. Empiezas a notar una brizna de olor, huele a comida caliente, tu instinto te hace acercarte a la ventana para observar, y ves allí, a toda la familia reunida alrededor de unas brasas, tapados con las enaguas, con la tele encendida pero sin mirarla, por que están pasando un rato en familia, cosa que tú llevas años sin poder disfrutar... De nuevo se te escapa esa lágrima furtiva... Esa lágrima que casi a diario cae por tu cara, cada vez con mas frecuencia, y que lleva gravada la palabra "dolor" en su interior. Llegas al final de la cuesta, pero no del camino, aún queda una buena travesía. Por el camino te encuentras a varias parejas, refugiadas en un solo paraguas, resguardándose del frío mutuamente, mientras tú, has dejado escapar tu oportunidad de ser feliz, y ahora caminas solo, con el flequillo empapado pegado a tu cara, camino a una vieja estación de autobuses.
Cuando llegas allí miras la hora, con la estupidez de quedarte charlando con ella has llegado tarde, y el próximo autobús tardará dos horas más en llegar, y tú, en lugar de ir a casa de un compañero a resguardarte del frío, prefieres quedarte allí sentado, preguntándote si aún merece la pena vivir...

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